MET GALA
Escribo esto mientras estoy viendo el LIVE at Met Gala 2024 With Vogue. La fiesta de la moda, equivalente a los Oscars del cine o la Superbowl del futbol americano.
Cada primer lunes de mayo, la revista Vogue USA y el museo Metropolitano de Nueva York se visten con sus mejores galas para recaudar fondos para las siguientes exposiciones de la galería de Central Park. Y cada año, hay una temática. Es decir, los invitados tienen que vestir de acuerdo a cierta norma, como si fuera una fiesta de disfraces pero los maniquíes son las celebridades del momento y juegan a vestirles los mejores diseñadores del mundo.
He de admitir que a mí siempre me han encantado los “saraos” norteamericanos -culpo a la MTV de mi juventud por ello-. Pienso que son los maestros del show business y si hay evento o fiesta grande en USA, lo he de “googlear”. Sí, no puedo negar que lo disfruto.
En el caso de la alfombra del MET, los trozos de tela, los miles de hilos y piedras brillantes entretejidas entre si, los maquillajes imposibles, la representación de los asistentes… se convierten en el escaparate perfecto de la extravaganza, la novedad, el folclore, la protesta, el teatro… y yo, me dejo deleitar por ello. Como si se tratase de un acercamiento terrenal a los sueños, a lo onírico.
Y para no sentirme tan superficial al verlo, siempre me justifico con los siguientes discursos internos: lo que estoy viendo no es ropa, si no obras de arte. Piezas de artesanía y cientos de horas de bordados, diseño detrás de cada joya, creatividad escénica… y pienso de nuevo para seguir justificando mi deliciosa pérdida de tiempo, en que la industria de la moda da trabajo a muchísima gente -en parte gracias a personas como yo- y eso es muy noble.
Pero también, sin poder parar su aparición, ante el visionado de tales celebraciones siempre aterriza otro tipo de debate en mí: ¿es necesario todo esto? ¿es necesario tal gasto en una pieza de ropa que alimentaría a muchas personas? ¿porqué le damos tanto significado a las prendas de vestir? ¿porqué seguimos permitiendo que se presente a las mujeres como maniquís que representan estereotipos dañinos? Si al fin y al cabo, la vida es simple, y todo lo demás nos lo inventamos para jugar en ella…
Esta actitud no es juzgando, o quizá sí, la verdad me cuesta diferenciarlo. No quiero caer en frivolidades en un mundo que sufre, me siento mal por hacerlo y quizá por eso mi cuerpo responde ante tanta escenografía irreal con un pensamiento invasivo opuesto. Pero a la vez, que circule ese pensamiento en mi cabeza mientras observo pasmada tales atrezos, también me satisface porque siento que sigo teniendo los pies sobre la tierra y no vivo solo de fantasía - aunque en dosis pequeñas sea preciso y precioso-.
En fin, como sesuda y sintiente que soy, sé que no soy la única a la que le ocurren este tipo de choques, de encuentros, sobre lo moral y lo inmoral, lo necesario y lo innecesario, lo superficial y lo profundo… pero como todo y en todo, creo que debemos encontrar la justa medida.
Esa que nos permite vivir la mayoría de nuestros días siendo personas conscientes del mundo que habitamos pero también dejando que el juego, la teatralidad y la fantasía aparezcan de vez en cuando.
Disfrute y conciencia.
Larga vida a los pensamientos intrusivos que, a veces, son tan necesarios.
Te espero en la siguiente carta, si quieres que te espere.
Tuya, Irene.

